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"... una red barrial laboral que crece", La Nación - 31/12/2004

 
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La doble cara del deseo, por Clara, Vecina colaboradora de EV
 

El amor y el deseo son las alas del espíritu de las grandes hazañas. 
 Wolfgang von Goethe

        Es probable que para los que hemos sido educados algunas décadas atrás, cuando todavía imperaba una moral sujeta a rígidas normas de comportamiento, la palabra “deseo” y “culpa” guarden estrecha vinculación, actuando esta última como freno para concretar acciones de las cuales sabíamos que luego nos íbamos a arrepentir, ya fuera por la sanción pública a la que seríamos sometidos, o, en último término, a nuestra propia incriminación por haber faltado al código de conducta que de buen o mal grado habíamos incorporado a nuestras costumbres. Y para ejemplificarlo de manera graciosa, me viene a la memoria una frase que rescaté, hace ya mucho tiempo, de una película de Ingmar Bergman, cuyo título, si mal no recuerdo, era “Sueños de una noche de verano”. En una de las escenas un sacerdote, de vacaciones en una casa de campo, se ve conmovido y perturbado por la presencia de una rubia exuberante que, con generosidad y falsa inocencia, exhibía sus atributos cada vez que se cruzaba por su camino. Tras algunos días de dura resistencia,  acorralado por el deseo, aparece en una nueva escena el sufrido sacerdote, a punto de irse a dormir, arrodillado al costado de la cama, elevando una plegaria al Señor, con el siguiente pedido: “Señor, por favor, quítame esta virtud que me pesa tanto”.

      Como dice Fred Kofman, en un capítulo de su libro dedicado a la Inteligencia Emocional, “el deseo es una espada de doble filo: por un lado genera gran energía para perseguir su objetivo; por otro lado, esa energía puede ´quemar los fusibles´ de la conciencia, llevando a la persona a hacer cosas que nunca haría si meditara sobre las consecuencias  de sus actos”. Como en el caso del sacerdote, que cuenta con su virtud, aunque le pese, para no hacer un desaguisado del que luego podría arrepentirse.
      ¿Qué hacer ante la disyuntiva, cuando nos encontramos invadidos por un deseo cuya satisfacción podría arrojarnos a las llamas del infierno para arder eternamente? Sencillo aunque no fácil, lo primero es reconocer la existencia y la entidad del deseo de manera consciente, porque lo razonable es querer satisfacerlo, liberando así la energía que de lo contrario se nos puede volver en contra, llevándonos a un estado de frustración que propicia la inacción. Pero antes de emprender la acción, es necesario considerar, como dice Kofman, “la congruencia del mismo con nuestros objetivos de largo plazo y valores”, para lo cual, por cierto, primero hay que tenerlos claros.
      Un antídoto muy eficaz, cuando el deseo que nos invade es superficial o puede ser perjudicial para nuestra paz y armonía interior, es interrogarnos acerca de los deseos más profundos que subyacen al que repentinamente se nos presenta amenazando perturbar el equilibrio en el que nos encontramos, y orientar nuestra energía a concretar un deseo de mayor valor y trascendencia, alejándonos de la tentación que podría desestabilizarnos, ya que muchas veces los deseos que nos exponen a inconductas son el resultado de deseos de orden superior que no hemos sido capaces de concretar y que, derrotados por la frustración, tratamos de esquivar acudiendo a satisfacciones más inmediatas. Y si no, que lo digan los que viven atrapados en alguna adicción, para quienes el fracaso siempre se puede atribuir al medio externo, evitando la sensación de impotencia que produce la falta de logros, aún a pesar de la vergüenza que reconocerse adicto pueda significar, y de la destrucción de la propia autoestima que ello puede importar.
      El deseo es fuente de vida, porque motiva e impulsa a la acción y, más allá del genuino y legítimo placer de lograr lo que se ha deseado,  es una oportunidad de trascendencia, ya que, como expresa nuestro autor, cuando operamos con integridad (más allá de los placeres circunstanciales, transitorios e impermanentes), “podemos llegar a descubrir la felicidad incondicional que surge con naturalidad desde el corazón y la conciencia  del ser humano, cuando vive en armonía consigo mismo”.
 
Clara Braghiroli                                     E-mail: clarabraghiroli@fibertel.com.ar

 

 

     
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