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"... una red barrial laboral que crece", La Nación - 31/12/2004

 
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Dos enormes monedas de oro, por Isabel, Vecina de San Isidro

 
Muchas veces la vida nos sorprende con milagros cotidianos que es bueno no dejar pasar; hay que disfrutarlos y aprender.
 
Éste me sucedió el viernes 20 de diciembre de 2002 en un vagón del tren de las 21, apenas salimos de la estación Belgrano. Yo venía de uno de mis talleres ( literarios, por supuesto.)
 
El cansancio me opaca a esta altura del día, de la semana y del año... Ni decir, de la vida...
 
Fue la enseñanza más clara de lo que me sucedió: Cuando creas en la opacidad, aparecerá la luz. Es tenue pero convierte a la oscuridad; ni la más leve llamita deja de vencerla...
 
 
La cercanía de la Navidad había provocado en el taller un intercambio de regalos que tienen más significación que valor material, más calidez que opulencia. Todos, los que yo había llevado y los recibidos, apuntaban a “ otro tipo de intercambio” cuyo código se desentraña con la sintonía del corazón.María Inés, reciente escritora y prestigiosa artista plástica, nos había obsequiado con unas monedas de chocolate: Abundancia y dulzura al mismo tiempo...
 
 
Me senté  con automatismo en un lugar libre del segundo vagón, rumbo a San Isidro... Pero la Providencia ( La mía y la de las niñitas de esta historia) no descansa, y de inmediato dos nenas de aproximadamente unos seis y cuatro años me eligieron como la primera persona a quien le pidieron unas monedas apenas el tren partió...
 
A pesar de la sensibilidad que me caracteriza, estoy casi saturada de estos pedidos y las vi sin verlas, hasta que de pronto recordé las monedas. Lla- mé a las niñas y se las di. Sus caritas evidenciaban una sorpresa cándida, pero desmesurada para tan pequeña donación.
 
Como sospeché que las tomaban por dinero, les aclaré apresurada que no eran plata, sino chocolate. No las conocían.( Recordé a Borges que ante un hombre criado entre indios dice “ miró la puerta como sin entenderla”). Les demostré cómo obtendrían el chocolate y, repetí lo que hacía en mi niñez, entonces vi surgir el oro marrón de la golosina y las caritas se iluminaron.
 
La más chiquita me pidió que la ayudara y me preguntó qué se hacía con la parte brillante. Se tira, envuelve al chocolate, le expliqué.
 
Se fueron lentas, olvidadas por unos instantes de su pesada tarea de mendigar. Fueron niñas ante la sorpresa.
 
No atiné a nada más.
 
El dulce fue para ellas; la abundancia, para mí...
 
 

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