Todos conocemos los lugares que nos resultan habituales; las formas de hacer las cosas y los caminos por los cuales es esperable que nos movamos. Resulta predecible y es tan natural, que al final del día el número de sorpresas o eventos especiales que nos dejan satisfechos y emocionados asciende a ... 2?
Sabemos muy bien que hay momentos en que nos atrapa la rutina, los conocemos de sobra, y los hábitos vuelven odioso lo que alguna vez -tal vez- fue un gusto; sentimos esa falta de libertad, esa falta de poder soltar las riendas, o tomarlas, en todo caso, y dirigirnos en alguna dirección distinta a la de ayer, distinta a la de siempre y más parecida a lo que sentimos hoy en el cuerpo y se nos ocurre como natural o necesario.
(Si cuando nada nos distrae nos encontramos un vacío, es porque nada de lo que nos puede distraer es capaz de llenar ese hueco o darle forma. A lo más desgastarlo, quitarle toda intención de ser llenado alguna vez, insensibilizar los nervios hasta que del hueco queda sólo una anécdota, un comentario que por sentado entendemos, no tiene solución alguna.)
Bastaría con dejar de eludir la libertad de hallar la manera propia de hacer las cosas.
Hablo de espacios aplicables al arte, la creación, el ocio y los negocios, indistintamente.
Espacios que tienen que ver con la sensación real, tangible, de libertad y de gusto por lo que uno mismo ha construido. Espacios para el trabajo, para la conversación, para la pausa, para el silencio, para el placer también, espacios con nuestra forma, espacios que no hayan sido previamente determinados por el mercado, la legislación, los usos y costumbres, la televisión. Son también otras maneras de encarar cualquier proyecto, de ser creativo en los propios términos, de buscar la forma más personal y natural de hacer las cosas que nos pertenecen, por insistencia, por gusto, por prepotencia de trabajo. Buscar las salidas laborales que puedan eludir los desgastados lugares comunes, hacer uso de las nuevas tecnologías y los nuevos medios; que al final del día, nos llegue la satisfacción de haber movido las manos en gestos que elegimos, que dan la forma a lo que hacemos, nuestra forma, de hacer y de decir, de seguir produciendo.
Si a cada televisor apagado
le encendemos una mirada aguda, una anécdota, una aventura,
un vicio de seguir buscando la huella de pisadas que aún no damos
de seguir probando la mejor manera de poner los pies para marcar esas huellas
entonces habrá una ficha más
jugada a nuestro favor, tendremos
un poco de valor extra para apostar con nuestro tiempo
para decir con nuestras manos
para volver a encontrarnos
para seguir descubriendo/nos.
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